Una emoción está vinculada a una valoración, ya sea negativa o positiva, de manera consciente o inconsciente, en una situación determinada.
Las emociones forman parte de nosotras y nosotros desde antes de nacer. Se sabe que el feto, en el último trimestre de gestación, se mueve al escuchar la voz de su madre. La reconoce, le genera una emoción y reacciona a esa emoción.
Hay estudios que demuestran que las niñas y los niños que no reciben cariño y atención afectuosa, no desarrollan las suficientes conexiones en su sistema límbico (parte del cerebro donde surgen las emociones).
Las emociones tienen un papel fundamental en el desarrollo personal de cada persona. Surgen de manera natural; siempre sentimos algo; incluso cuando creemos que no, sentimos calma.

EMPATÍA Y COMPASIÓN
En el aula de infantil he podido observar cómo lloraban varios niños a la vez, y uno de los que no lloraban se ha acercado a uno de los que sí para dejarle su juguete, o hacerle una caricia. ¿Por qué lo ha hecho? Porque eso es lo que a él le calma. Ese es un acto compasivo.
Para comprender lo anterior profundizamos en la compasión y la empatía.
La empatía consiste en la capacidad que tiene una persona de percibir los pensamientos y las emociones de los demás, basada en el reconocimiento del otro como similar, es decir, como un individuo similar con mente propia.
Es entender a una persona desde su punto de vista en vez del propio, o en experimentar indirectamente los sentimientos y percepciones del otro. La empatía no implica en sí misma motivación de ser una ayuda; sin embargo, puede volverse una base para la solidaridad o angustia personal, lo que podría resultar en una reacción.
La compasión es un sentimiento humano que se manifiesta desde el contacto y la comprensión del sufrimiento de otro ser.
Es más intensa que la empatía; la compasión es la percepción y la compenetración en el sufrimiento del otro, y el deseo y la acción de aliviar, reducir o eliminar por completo tal situación dolorosa. Se trata de un sentimiento que se produce al ver padecer a alguien y que impulsa a aliviar su dolor o sufrimiento, a remediarlo o a evitarlo.

De una forma breve:
- Empatía: sentir lo que el otro siente.
- Compasión: sentir lo que el otro siente e ir más allá, ayudar al otro a solucionar su dolor.
Los bebés, y los niños más pequeños, sienten la emoción del momento. Por eso lo mismo sonríen, que lo mismo lloran, que están tristes… No habréis escuchado alguna vez, este niño no sabe ni lo que quiere… Es porque ellos no se quedan atrapados en sus emociones. Las van sintiendo y expresando.
Las emociones duran minutos, o segundos. Cuando las llevamos a valorarlas mentalmente, es cuando duran más tiempo.
Desde la etapa de infantil, pueden aprender a ser conscientes de sus emociones, a no rechazar ninguna emoción, y a que su estado emocional no dependa por completo del exterior, que él decida qué valoración hace de la experiencia emocional del momento.
Trabajamos con la idea de que no hay emociones malas ni buenas, todas son emociones. Sólo que hay unas que nos hacen sentir mejor, y otras que nos hacen sentir peor. ¿Y por qué? Porque creen que llorar, enfadarse es malo. Y no es malo, tienen que saber lo que están sintiendo en cada momento, conocerlo de manera consciente poniéndole el nombre que es, y desde ahí, desde el estar atentos a lo que les está ocurriendo, pueden reaccionar de una manera más calmada.
No restes importancia a lo que pueda estar sintiendo tu hija o hijo. Hazle saber desde la calma, que tiene tu apoyo, que sepa que estás ahí para cuando te necesite.
Y dale espacio. Y cuando esté más calmado, juntos podéis hablar de lo que siente, y del por qué.

